Los trenes de ahora, que no nos obligan a sentarnos frente a desconocidos, no favorecen los relatos de viajes. Fantasmas callados, con los auriculares tapándose los oídos, con los ojos fijos en el vídeo de una película americana. Se escuchaban más historias en los antiguos departamentos de segunda, que tenían algo como de salas de espera obligatorias o comedores de familia pobre. Durante mi primer viaje a Madrid, mientras me adormilaba contra el duro respaldo de plástico azul, yo oía a mi abuelo Manuel y a otro pasajero contarse en la oscuridad viajes en tren durante los inviernos de la guerra. […] Todo era tan raro esa noche, la del primer viaje, raro y mágico, como si al subir al tren –incluso antes, al llegar, a la estación- yo hubiera abandonado el espacio cotidiano de la realidad y hubiera ingresado en otro reino muy semejante al de las películas o al de los libros, el reino insomne de los viajeros. […] Acabo de acordarme de que era una noche de junio. Estaba sentado en un banco del andén, entre mi abuelo y mi abuela, y un tren que todavía no era el nuestro llegó a la estación y se detuvo con un lento chirrido de frenos. Tenía en la oscuridad una envergadura de gran animal mitológico, y el faro redondo de la locomotora me había recordado al acercarse el submarino del capitán Nemo.
¡A mí, que vivo en este siglo XIX, el
siglo del vapor, del teléfono eléctrico y de la imprenta! ¡Esa palanca!...de las libertades públicas y particulares, en
este siglo del progreso. ¡Esa corriente!...
en este siglo en que la ilustración nos ha emancipado de todo el fanatismo de
la antigüedad.
[...]
EL siglo XIX ha dicho:"No quiero conventos
Ni seminarios, sino tratados de comercio. No quiero ermitaños, sino grandes economistas.
No quiero sermones, sino ferrocarriles de vías estrecha. No quiero santos
padres, sino abonos químicos.
¿No os
ha ocurrido alguna vez, yendo en un tren, poneros a recitar la numeración, para
ir haciendo tiempo, o a contar los postes del telégrafo según van pasando?
Otros hay que en casos tales rezan el rosario. Cuando me hube acomodado en mi
vagón, y mientras el tren esperaba a salir, volví a mirar Guarda, encaramada en
su montaña; esa Guarda que tantas veces atrajo mis miradas. Ahora sé ya cómo es
por dentro. ¿Lo sé de veras?
Siempre
me han atraído esos lugares y villas que desfilan a nuestros ojos según va el
tren ganado tierra, campos adelante. Son los más de ellos pueblos sin historia,
donde a nadie conocemos. Yo no sé si en mí, como en casi todos los hombres,
duerme el nómada, el peregrino andariego y errante, y despierta de cuando en
cuando. ¡Ver pueblos!, ¡ver nuevos pueblos, ver los más posible!
(Miguel de Unamuno, Por tierras de
Portugal y de España, 1911)
27 de Noviembre del 2007, 40 y último Aniversario de la actual Estación de trenes de Albacete.
A partir de Enero, y durante aproximadamente 3 años, los servicios al público, se realizarán en una estación provisional, mientras duran las obras de la Nueva Estación Vialia Albacete.
¿Nos
detenemos en Albacete? Albacete es hoy una activísima y muy
culta ciudad industrial. Durante los últimos treinta años,
la utilización de saltos de agua ha transformado su vida
entera. Si la viéramos de noche, nos ofuscaría
la profusión
esplendente, maravillosa, inusitada, de su iluminación
eléctrica. En la estación de Albacete, diez, doce,
veinte vendedores de cuchillos y navajas. Estas navajitas son ahora
lo mismo que en 1860. No han variado; la cuchillería
extranjera no las ha hecho variar. Y tal vez esta anacronicidad sea
su encanto... Al pasar el tren quisiéramos detenernos en esta
casa de labor, con anchuroso patio, que contemplamos
durante unos segundos. Añoramos, sin haber estado en ellas,
sus vastas salas, sus graneros, su bodega, su silencio y su reposo
profundo. Aquí podríamos leer unas páginas de
Cervantes. En la llanura, ante nosotros, nada; horizontes
dilatadísimos, diáfamos. El tren corre vertiginoso, no
podemos detenernos. La tarde avanza.
JOSE MARTINEZ RUIZ
“AZORÍN”
“ALBACETE,
SIEMPRE”
A continuación les invito a visionar un video del Sr. Cerezo, bailando en la Inauguración de la Estación de Autobuses de Pamplona. Desde este blog , este señor será propuesto para que sea invitado en la inauguración de la Estación provisional de trenes de Albacete, que tendrá lugar en Enero del próximo año.
En las estaciones próximas, Brenes, Tocina y Empalme, observaba cierta animación, que no podía achacarse al número, harto exiguo, de viajeros. Algunas muchachas de ojos negros, con claveles rojos en el pelo, de pie sobre el andén, sonreían a los que nos asomábamos a las ventanillas. Todas las casetas de guardas tenían ya en sus ventanas macetas con flores. Hasta las guardesas, viejas y pobremente vestidas, que, con la bandera recogida daban paso al tren, ostentaban entre sus cabellos grises algún clavel o alelí.
(Palacio Valdés, Armando, La hermana San Sulpicio, 1889)
LA LOCOMOTORA DE VAPOR TVE
Documental emitido por TVE en 1998 con motivo del 150 Aniversario del Ferrocarril en España
Ha
tenido lugar en el dia de ayer el fausto suceso que anunciábamos. Queda ya
solemnemente inaugurado el primer ferro-carril de España, y Barcelona y Mataró
ya no son mas que una sola población. Ambas ciudades han estrechado el círculo
de relaciones que las unían, y sujetas por una línea de hierro quedan desde hoy
hermanadas como dos buenas amigas para formar una liga de recíprocos intereses
en provecho propio y en provecho común.
En muy pocas,
tal vez en ninguna ocasión hemos asistido á un espectáculo tan sorprendente
como nuevo, tan grandioso
como interesante. […]
Una parte muy
considerable del vecindario de Barcelona y de los pueblos inmediatos que
ansiaba el momento de
presenciar la inauguracion del ferro-carril, ocupaba ya anticipadamente á la
hora prefijada para la
bendición, todas las avenidas de la estacion de Barcelona, ó se establecia en
la parte exterior de la puerta de D. Carlos.
[…]
Entrase al
paradero de la estacion por la puerta del centro de un edificio de bella aunque
modesta apariencia.
Despues de la primera pieza, que es la que sirve de entrada, se hallan los
salones de descanso; uno de ellos que
está destinado para los pasajeros que van en los coches de primera clase, es
muy espacioso y está
adornado con sencilla elegancia. Inmediato á este salon se halla una pieza
destinada para tocador de
señoras.- Las puertas de los salones de descanso comunican á una especie de
terraplen desde los cuales se
sube a los carruages. […] Cuatro son las
locomotoras que la empresa tiene á su disposicion, las cuales tienen por
nombres Catalunña,
Barcelona, Besós y Mataró. […] Animada,
fascinadora es la sensacion que se experimenta cuando el tren arrancando
pausada y majestuosamente
de la estación de partida, emprende en breves minutos una marcha
progresivamente acelerada, y
aquella inmensa mole de carruages se empieza á mover con asombrosa rapidez.-
Era de ver ayer, cuando al
estrépito de los vivas y de los entusiastas aplausos el convoy conductor de
ilustre y respetable
comitiva atravesaba radiante de júbilo por entre las compactas masas de
millares de espectadores. […] Grave, grandiosa
é imponente es la impresión que se experimenta cuando se ve por primera vez en
la vida la rapidísima
marcha de un tren de viaje sobre la superficie plana de un ferro-carril.-
Cuando se contempla á esa especie de
población ambulante, atravesar, como flecha despedida de un arco, tan estenso
espacio en tan limitado
tiempo, late el interior del pecho al sentimiento de un pasmo indefinible que
embarga el entendimiento. […]
Cuando el tren recorre el ferro-carril, huyen espantados los caballos, los
bueyes, los rebaños que
transitan en los caminos y campos vecinos, como para dar un testimonio de la debilidad
de sus fuerzas ante
el humano poderío. Las aves huyen tambien, pero el dominio aéreo que ellas
recorren, el hombre ha
probado inútilmente hasta el dia atravesarlo con direccion determinada, y con
completa seguridad.
¿Quién puede asegurar si multiplicando esfuerzos no lo conseguirá algun dia?
(Diario de Barcelona, de avisos y
noticias,
domingo 29 de octubre de 1848)
Probablemente sería un
día frío, allá por el año 1919, el excarcelado Pascual Duarte bajaba tan
contento por el cerro de Chinchilla en dirección a la estación de ferrocarril;
acababa de ser puesto en libertad y recibir los buenos consejos de D. Conrado,
el director del penal, tras pasarse tres años a la sombra porque un mal día se
le calentó la sangre y mandó al “Estirao” al otro barrio.
Volvía con la natural
alegría a su Torremegía, en tierras de Extremadura, a donde llegó después de un
viaje ¡de tres día y medio! en tren. No podía imaginar entonces que, tres años
y medio después, volvería a subir la cuesta hacia el mismo penal, y esta vez
acompañado de la Guardia Civil. El Diablo, el destino y su mala sangre que se revolvía en su pecho como un nido de
alacranes le llevaron a cometer la fechoría de matar a su madre.
El tiempo y sus aires,
que casi todo lo barren, se han llevado a los protagonistas: a Pascual lo
quitaron de en medio la Justicia y el garrote vil, allá por el año 37; a D.
Camilo; que elevó el manuscrito del ajusticiado a las letras de molde y a la
inmortalidad, se lo ha llevado una mala neumonía, a pesar de que, como él mismo
decía: morirse es, a veces, mas difícil de lo que uno se imagina.
Algo nos queda de
aquello: quedan el penal y la estación, testigos mudos que, los nuevos tiempos
y la tecnología, han convertido en castillo al primero y abandonado al otro;
nos queda también la gran novela La
familia de Pascual Duarte y con ella la extraordinaria obra literaria de D.
Camilo J. Cela; en nuestra memoria, el recuerdo de un gran genio de las letras.
Premio Nobel, Académico y.. sobretodo,
un gran hombre.
José García.19- Enero- 2002
* El que fuera hijo de ferroviario, también perteneció al Consejo de Administración de Renfe.
Estos
carruajes se dividen en tres clases, más o menos cómodos, y de más o menos
precios á saber: diligencias ó berlinas, de cabida de unos 26 ó 28 asientos,
bien mullidos y forrados, divididos en tres departamentos perfectamente
distribuidos por medio de puertecillas: estas localidades son las primeras y
más caras: coches ó char-á banc, de un solo departamento y de cabida de 30
personas; estos son los segundos en comodidad y precio: y Waggons ó carruages,
abiertos para las gentes de menos fortuna y para las mercancías. También existe
una cuarta clase para transportar animales, y no es raro ver marchar sin
moverse y andar si menearse 30 ó 40 leguas un caballo, tres ó cuatro cerdos, ó
un par de vacas muy serias en su furgón..............
..........y los viajeros entran a
esperar y descansar hasta el punto de la partida en la casa de la Estación,
donde suele haber tres “salles d´attente” (salas de esperar), una para los
viajeros de berlina, otra para los de charc-á banc y otra para los de waggon.
“Viajes de Fray
Gerundio por Francia, Bélgica, Holanda y orilla del Rhin”
ispusimos pasar la noche en Toledo; no había otro recurso, gracias a la combinación de los trenes, a mi parecer absurda. ¿Se concibe que existiendo cerca de Madrid, ciudad de tan singular interés arqueológico, no haya un tren que permita pasar en ella el día completo, irse allí los domingos, como se va al cine o al teatro? El primer tren sale de Madrid a las ocho y llega a Toledo a las diez y cincuenta y seis minutos de la mañana. Lo primero, pues, que nota el viajero al saltar al andén, es un apetito formidable. Sube de la estación a la fonda, siéntase a almorzar, y ya perdió hasta la una. A las cuatro y treinta, último tren para Madrid; total un viaje de siete horas para cuatro que pueden disfrutar en Toledo. Yo no entiendo de movimiento ferroviario; pero se me figura que no sería difícil de arreglarlo un poco mejor, especialmente si el tren anduviese punto más que una galera, y si invirtiese en el camino, a lo sumo, hora y tres cuartos.
...Han
sonado unos persistentes toques de campana. Suben los viajeros a sus
respectivos coches. Un dependiente que va en el último vagón
del tren toca una trompeta; contesta con otro trompetazo otro
empleado situado a la cabeza del convoy. Y el tren se pone en marcha.
Poco a poco el movimiento se va acelerando. “Los objetos
desaparecen como por ensalmo”. Conviene que el viajero no mire el
paisaje que se desliza junto al vagón, sino a lo lejos. Si se
mira a los lados “más que una cinta que forma, y se irá
a la cabeza fácilmente”. Mesonero habla también de la
rapidez con que desaparecen de la vista lo objetos cercanos, y dice
que por esto “es conveniente fijarla en la lotananza, o, por mejor
decir, no fijarla en ninguna parte”. La celeridad con que se marcha
es de ocho o diez leguas por hora. “Recuerdo –escribe Mesonero-
haber hecho en una hora y dos minutos la travesía desde Brujas
a Gante, que son doce leguas”. En cambio, cuando Lafuente y
Mesonero observaban los ferrocarriles extranjeros, ya corría
un tren en Cuba, entre La Habana y Güiness. Nos habla de ese
ferrocarril el desbaratado romántico don Jacinto de Salas y
Quiroga, el amigo de Larra y de Espronceda, en el primer tomo de sus
Viajes –dedicado a la Isla de Cuba- publicado en el citado año.
Un solo viaje hacía diariamente ese tren de La Habana a
Güiness; cuarenta y cuatro millas era el recorrido. “Desde
luego noté menos velocidad que la que otras veces había
experimentado en Inglaterra.” “Apenas andábamos –añade-
cuatro leguas españolas por hora”. Al llegar Salas y Quiroga
a Cuba, y al contemplar el destartalamiento de las fondas y las
incomodidades de las ciudades, junto con el camino de hierro, en
extraño y clamador contraste, recordó una frase de un
famoso amigo suyo. “Vino naturalmente a la memoria –escribe-
aquel célebre dicho de mi amigo Larra: “En esta casa se
sirve el café antes que la sopa”.
JOSE MARTINEZ RUIZ
“AZORÍN” “Castilla”
(1912)
D. Modesto Lafuente,
periodista hunorístico e historiador (1806-1866). “La
Historia de España”
Mesoneros Romanos
“Recuerdos de viaje por Francia y Bélgica” (1841). Viajes
de Fray Gerundio (1842)
Jacinto Salas Quiroga
(1813-1849). “Viaje por las islas de Cuba, Puerto Rico y Las
Antillas” (1840)
Aquella
paz solo se había turbado en los dias de la inauguración
del ferrocarril. La primera vez que la Cordera vió pasar el
tren se volvió loca. Saltó la Sebe de lo más
alto del Somonte, corrió por pastos ajenos, y el terror duró
muchos dias, renovándose, más o menos violenta, cada
vez que la máquina asomaba por la trinchera vecina. Poco a
poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando
llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una
catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a
ponerse en pie y mirar de frente, con la cabeza erguida, el
formidable monstruo; más adelante no hacía más
que mirarle, sin levantarse con antipatía y desconfianza;
acabó por no mirar el tren siquiera. En
Pinín y Rosa, la novedad del ferrocarril produjo impresiones
más agradables y persistentes. Si al principio era una alegría
loca, algo mezclada de miedo supersticioso, una excitación
nerviosa, que los hacía irrumpir en gritos, gestos, pantomimas
descabelladas, después fue un recreo pacífico, suave,
renovado varias veces al día. Tardó mucho en gastarse
aquella emoción de contemplar la marcha vertigionosa
acompañada del viento, de la gran culebra de hierro que
llevaba dentro de sí tanto ruido y tantas castas de gentes
desconocidas, extrañas.
Hay
unos perros que vemos entrar en las estaciones, mirar y volverse a
marchar, como si llevasen el aviso de “tampoco ha venido en este
tren” a oculta casilla de esperanza en casilla de olvido, allí
en las afueras.
Han sonado unos persistentes toques de campana. Suben los viajeros a sus respectivos coches. Un dependiente que va en el último vagón del tren toca una trompeta; contesta con otro trompetazo otro empleado situado a la cabeza del convoy. Y el tren se pone en marcha. Poco a poco el movimiento se va acelerando. “Los objetos desaparecen como por ensalmo”. Conviene que el viajero no mire el paisaje que se desliza junto al vagón más»
Habiéndome robado el albedrío
un amor tan infausto como el mío,
ya recobrada la quietud y el seso,
volvía de París en tren expreso.
Y cuando estaba ajeno de cuidado,
como un pobre viajero fatigado, más»
El tren corría por las llanuras de La Mancha, áridas y desoladas. Las estaciones estaban a largas distancias; la locomotora extremaba su velocidad y mi coche gemía y temblaba como una vieja diligencia. Balanceábame sobre la espalda, impulsado por el terrible traqueteo; la franja de los almohadones arremolinábanse; saltaban las maletas sobre las cornisas de red; temblaban los cristales en sus alvéolos de las ventanillas, y un espantoso rechinar de hierro viejo venía de abajo. Las ruedas y frenos gruñían; pero conforme se cerraban mis ojos, encontraba yo en su ruido nuevas modulaciones, y tan pronto me creía mecido por las olas como me imaginaba que había retrocedido hasta la niñez y me arrullaba una nodriza de bronca voz.
Yo llego a la estación. ¿No sentís vosotros una simpatía profunda por las estaciones? Las estaciones en las grandes ciudades, son lo que primero despierta por las mañanas a la vida inexorable y cotidiana. Y son primero los faroles de los mozos que pasan, cruzan, giran, tornan, marchan de un lado para otro, a ras del suelo, misteriosos, diligentes, sigilosos. Y son luego las carretillas y diablas, que comienzan a chirriar y gritar. Y después, el estrépito sordo, lejano, de los coches que avanzan. Y luego la ola humana que va entrando por las anchas puertas y se desparraman, acá y allá, por la inmensa nave. Los redondos focos eléctricos, que han parpadeado toda la noche, acaban de ser apagados; suenan los silbatos agudos de las locomotoras; en el horizonte surgen los resplandores, rojizos, nacarados, violetas, áureos de la aurora. Yo he contemplado este ir y venir, este trajín ruidoso, este despertar de la energía humana. El momento de sacar nuestro billete es llegado ya.