En otras ocasiones a Agustín le gustaba el barullo de la estación de Atocha, allá en su hoyo; el pitido de los trenes, el olor del carbón de las locomotoras, el abolengo que adquieren las maletas por sus etiquetas multicolores. Había viajado un poco y esperaba viajar más. Un vagón de ferrocarril es una cosa muy seria a los veinte años. […]

      El exprés no traía más que cinco minutos de retraso y Agustín esperó a su padre entre los mozos que pregonaban sus fondas –los de las más nombradas se contentaban con ostentar el dorado anagrama de sus hoteles en la cinta de sus gorras de plato-.

 

(Max Aub, Las buenas intenciones, 1954)