Si no hay nada más bullicioso, más accidentado, ni más alegre que la estación de un ferrocarril cuando el
tren acaba de llegar o se prepara a partir durante el día, tampoco existe sitio alguno más callado, más
quieto, más triste, cuando el convoy ha desaparecido en la noche y ha de pasar mucho tiempo antes de que
venga otro. Los empleados, poco ha tan activos y alborotadores, callan, y después de inspeccionar los
coches vacíos, se retiran a descansar. Las máquinas que se quedan ahí de repuesto después de una larga
jornada arrojan de su hornillo las débiles asmas que caen esmaltando fugazmente un suelo negro como el
suelo del infierno. Los últimos rechinamientos de los goznes cansados, de los topes herrumbrosos, de los
ejes que aún se estremecen después de quietos, se pierden en el silencio de la noche como la postrera
espiral de humo en la inmensidad del cielo. La locomotora, en cuya forma hallamos semejanza con la de
un cuadrúpedo, tal vez porque la vemos andar con el desembarazo y la rapidez de un ser zoológico, está
quieta en el apartadero, como un monstruo dormido. Aún en estas horas, sentimos cierto temor al
acercarnos a ella y nos parece que si nos ve delante se nos echa encima, aplastándonos con un ligero
movimiento de su formidable musculatura. Al verla sin el farol rojo que llevaba en su frente, nos parece
que está ciega o que ha bajado el párpado, velando la mirada que al mismo tiempo ve e ilumina: ni aún así
le perdemos el respeto y es preciso mucha fuerza de voluntad para colocarse delante de ella. Los vagones
están oscuros como cavernas: en alguna ventanilla flota, movida por el viento, la cortina azul, y si la luna
penetra en el interior se ve los papeles que envolvían dulces, pasteles o carne fiambre, los huesos de un
pollo, o tal vez el pañuelo olvidado en la precipitación de la salida. Suele haber un sereno que vigila todo
esto, y entonces se ve la luz movible de un farolillo, una compañera de la luminaria roja del poste de aviso
que se alza a medio kilómetro de la estación. Todo es negro porque el polvillo del carbón, que ha
extendido por el piso una alfombra de azabache, no ha perdonado los coches, los furgones, las grúas y los
tinglados. Los carros de mercancías puestos en fila ofrecen extraña silueta: aquí las pipas cubiertas con su
sudario de lona encerada forman una serie de [ilegible]; más allá las vigas parecen haces de gigantescos
espárragos; luego las jaulas de aves de corral presentan su tejido, en el cual se cruzan listones de claridad y
de sombra; después, los sacos de trigo semejan conejos colosales que se han acurrucado unos contra otros
para dormir, y los cestos vacíos se representan a las imaginaciones como volátiles dormidos que van a
agitar las alas y a huir al menor ruido.
(Rosalía,  hacia 1872.  Benito Pérez Galdós)