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Admitamos, sin embargo, como
algunos pretenden que en la práctica son nada o poco perceptives esas ventajas;
que a la precisión de las teorías y sus demostraciones científicas no se
ajustan cumplidamente a los hechos, a lo menos de tal manera, que las
innovaciones puedan conciliarse con los cálculos económicos de una explotación
bien entendida. Dígase también que la construcción de las vias estrechas, menos
costosas que las de las anchas, ahorra a las empresas gastos de mucha
consideración, y les facilita por consiguiente los medios de realizar sus
proyectos. Aun condediendo de buen grado estas suposiciones, el cambio de
nuestras vias para uniformarlas con las del extranjero, si no de todo punto
imposible, nos empeñaría en unos sacrificios tal vez superiores a nuestros
recursos. No compensarían las utilidades de las pérdidas. Es verdad, contamos
hasta ahora un corto número de líneas, y esas no de largo trayecto; sin
cuantiosos dispendios pudiera reducirse la anchura de la via; a lo menos esta
operación no nos arruinaría: pero otra cosa sucede con el material móvil
contratado para las lineas ya concedidas y puestas en construcción. Entre unas
y otras contamos hoy una longitud de 1,317 kilómetros. ¿Qué se hace? ¿Se
deshechan estos cuantiosos acopios y se indemniza de su pérdida a las empresas
concesionarias? ¿Lo permitirá el estado de nuestro Tesoro? La pérdida es
considerable, gravita toda entera sobre la época actual; no vienen a
compartirla las generaciones venideras; es suya la utilidad, y nuestro el
sacrificio. ¡Ya! Si la compensación fuese proporcionada al sacrificio! Pero en
realidad no es así. ...............
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OBSERVACIONES
GENERALES
AL PROYECTO DE LEY DE
FERROCARRILES
(Extracto perteneciente al Punto Octavo, Ancho de vía)
Madrid, 28 de Septiembre de 1854








