grandes urbes, con su ir y venir incesante -vaivén eterno de la vida- de multitud de trenes; los silbatos agudos
de las locomotoras que repercuten bajo las vastas bóvedas de cristales; el barbotar clamoroso del vapor en las
calderas; el zurrir estridente de las carretillas; el tráfago de la muchedumbre; el llegar raudo, impetuoso, de los
veloces expresos; el formar pausado de los largos y brillantes vagones de los trenes de lujo que han de partir
un momento después; el adiós de una despedida inquebrantable, que no sabemos qué misterio doloroso ha de
llevar en sí; el alejarse de un tren hacia las campiñas lejanas y calladas, hacia los mares azules. Tienen poesía
las pequeñas estaciones en que un tren lento se detiene largamente, en una mañana abrasadora de verano; el
sol lo llena todo y ciega las lejanías; todo es silencio; unos pájaros pían en las acacias que hay frente a la
estación; por la carretera polvorienta, solitaria, se aleja un carricoche hacia el poblado, que destaca con su
campanario agudo, techado de negruzca pizarra. Tienen poesía esas otras estaciones cercanas a viejas
ciudades,a las que en la tarde del domingo, durante el crepúsculo, salen a pasear las muchachas y van
devaneando lentamente, a lo largo del andén, cogidas de los brazos escudriñando curiosamente la gente de
los coches. Tiene, en fin, poesía la llegada del tren, allá de madrugada, a una estación de capital de
provincia; pasado el primer momento del arribo, acomodados los viajeros que esperaban, el silencio, un
profundo silencio, ha tornado a hacerse en la estación; se escucha el resoplar de la locomotora; suena una
larga voz; el tren se pone otra vez en marcha; y allá, a lo lejos, en la oscuridad de la noche, en estas horas
densas, profundas de la madrugada, se columbra el parpadeo tenue, misterioso, de las lucecitas que brillan
en la ciudad dormida: una ciudad vieja, con callejuelas estrechas, con una ancha catedral, con una fonda
destartalada, en la que ahora, sacando de su modorra al mozo, va a entrar un viajero recién llegado, mientras
nosotros nos alejamos en el tren por la campiña negra, contemplando el titileo de esas lucecitas que se
pierden y surgen de nuevo, que acaban por desaparecer definitivamente.
(Castilla, 1912,José Martínez Ruiz, “Azorín”, )








