viajes. Fantasmas callados, con los auriculares tapándose los oídos, con los ojos fijos en el vídeo de una
película americana. Se escuchaban más historias en los antiguos departamentos de segunda, que tenían
algo como de salas de espera obligatorias o comedores de familia pobre. Durante mi primer viaje a
Madrid, mientras me adormilaba contra el duro respaldo de plástico azul, yo oía a mi abuelo Manuel y a
otro pasajero contarse en la oscuridad viajes en tren durante los inviernos de la guerra. […]
Todo era tan raro esa noche, la del primer viaje, raro y mágico, como si al subir al tren –incluso antes, al
llegar, a la estación- yo hubiera abandonado el espacio cotidiano de la realidad y hubiera ingresado en
otro reino muy semejante al de las películas o al de los libros, el reino insomne de los viajeros. […]
Acabo de acordarme de que era una noche de junio. Estaba sentado en un banco del andén, entre mi
abuelo y mi abuela, y un tren que todavía no era el nuestro llegó a la estación y se detuvo con un lento
chirrido de frenos. Tenía en la oscuridad una envergadura de gran animal mitológico, y el faro redondo de
la locomotora me había recordado al acercarse el submarino del capitán Nemo.
Sefarad, (Antonio Muñoz Molina, 2001)








